Desde hace ya algún tiempo he moderado
la afición melancólica
de ver alegorías, por principio,
en los recodos de la realidad.
A poco que uno vista la mirada
con las gafas del diablo, nuestro mundo
admite traducirse sin violencia
bajo especie de un torvo jeroglífico.
Sin embargo, el enigma
de cuanto hemos llamado lo real
no reside tan solo -especulemos-
en ser sumisa carne de metáforas.
Hay un abismo a flor de superficie,
una hondura embebida
en la piel que recubre los acontecimientos.
El misterio es la ausencia de misterio en el aire,
la acepción literal con que ocurre el vivir,
en esa paradoja que se nutre a sí misma,
por el asombro de su desnudez.
Descendamos a un caso, acariciemos
en su docilidad las escamas del día,
colmadas de saber y refulgentes.
Me refiero a la tarde de toros de ayer tarde.
Después del espectáculo marchamos
en procesión de fieles hacia los vomitorios.
Descendimos a oscuras
el laberinto de las escaleras
y fuimos a salir, por un azar impuro,
junto al desolladero de las reses.
Un grupo de fanáticos seguía
el despedazamiento.
El ruido de las hachas atacaba un compás
de riguroso proceder metálico.
Las bestias, destazadas, colgaban en cadenas.
Sobre los hules negros de cada matarife
se cuajaban los brillos de las salpicaduras.
Un canalón de carne se perdía
rumbo a los sumideros de la calle.
En consecuencia, nada se consuma
en el momento exacto en que concluye.
Hay un ceremonial detras de los finales.
Una sombra se yergue tras la sombra.
La observación ecuánime de cada acontecer
enseña que no existen despedidas.
El futuro se mueve en su lecho de larvas
para que crezca pura
la rosa inevitable que vive en la evidencia
CARLOS MARZAL (Valencia, 1961)
Metales Pesados, Tusquets Editores, Barcelona, 2002
imagen: Pablo Picasso, Tres cabezas de cordero, 1939