
Se enrarece el aire, un pie quiebra una hoja seca sin dar un paso, las tablillas cantan bajo la vitrina de algún museo que de venido a menos, tiene un timbre en la puerta y ahorra en los bombillos de las salas. Poeta perezoso, te comieron la lengua los ratones y sucumbes ante el chorreo de iluminaciones: fuegos fatuos, música de fondo que de pronto colma el vaso, cuántas veces esperaste sosteniendo una revista donde nobles y plebeyos recentaron un terror prefigurado. Sacrificas el fraseo decisivo y queda esto ¿ves? un texto submarino, encriptado, decides en la línea ciega lo que dices o te callas, lo demás, puro ornamento, ¿escoges?



